
Si bien es el primer capítulo de una novela inédita, el texto que sigue puede ser leído como un relato independiente.
Cae la tarde en Buenos Aires. Es octubre, los días han comenzado a templarse y parecen invitar a salir a caminar aunque no sea fin de semana. No sólo a caminar. En la esquina de Niceto Vega y Darwin, un alto edificio tiene en la entrada un letrero: Sol de Noche, y debajo, en letras más discretas, albergue transitorio. Se abre el portón de salida, sobre la calle que corre junto a las vías del ferrocarril un automóvil inicia la marcha con lentitud, ella aún lo abraza cuando están por llegar a la esquina, él detiene el auto, le señala una casa y dice:
-Ahí vive mi analista, tiene bastante que ver con nuestro encuentro. Se nota que terminó de recibir pacientes, la luz del consultorio está apagada. Debe de estar tomando algo en ese otro espacio, iluminado, la sala, tal vez lee o escucha música en su interesante equipo de audio. Te parecerá raro, él es para mí un íntimo pero también un desconocido. En fin…
-Buen fin –responde ella y lo besa como antes, cuando el sol y la noche, con menor pasión y mayor cariño.
El automóvil reinicia la marcha, dobla en la esquina y se pierde para este relato, no para ellos, que ausentes de sus biografías aún procuran extender el inefable espacio de no ser cada uno cada cual.
Ignorante o sabedor de los efectos de su práctica, sentado sobre un taburete frente a una mesada, el analista escribe:
Resulta al menos curioso, mido las palabras para no ponerme crítico. Cuando en algún medio se representa al psicoanalista, suele tener una pipa en los labios o en la mano, con la que desvaída o sentenciosamente señala al paciente. Yo supe fumar pipa cuando era paciente del doctor Respigy, pero me resultaba difícil mantenerme recostado sin que la ceniza se volcara sobre mi pecho o sobre la manta del diván, haciéndome pasible de la interpretación de autoagresión en el primer caso o de ataque envidioso al prestigio de su doctoral prestancia en el segundo. No sé adónde iba a parar con mayor frecuencia la ceniza, pero me consta que Respigy prefería la segunda alternativa, sobre todo porque una vez reaccioné protestando que mencionaba la agresión hacia él cuando ceniza estaba sobre mi camisa; sin inmutarse agregó (reconozco su habilidad para el retruque) que eso no era más que hacer caer sobre mí lo que en verdad le estaba dedicado, porque aquí y ahora él era mi padre. Me acuerdo de todo esto porque al escucharlo tuve una ocurrencia maliciosa. “Las cenizas de mi padre” dije y se enojó, me contestó que estaba queriendo matarlo y casi me echa del consultorio. Esas cenizas no podían no estarle destinadas, faltaba más. Respigy era la vieja guardia, la de los que impregnaban el decir del analista con la mención ególatra de que los rayes de uno cursan, por eso de la transferencia, indefectiblemente aquí, ahora y conmigo, no como en la versión actualizada, para la que todo es por el Otro. Y así fue que dejé de fumar en pipa y poco después dejé de asistir a su consultorio… Tal vez Respigy tenía razón, ¿cómo saberlo? Debo admitir que los analistas creemos aclarar las cosas cuando embarramos la cancha.
No sé por qué se me vino a ocurrir esto, no era lo que quería decir. Sí quería decir, mejor dicho, escribir, que Freud desaconsejaba tomar notas en el transcurso de las sesiones; no obstante, en las caricaturas al psicoanalista puede faltarle la pipa pero no el consabido bloc de hojas y la lapicera con la que toma detallada minucia de las ocurrencias del paciente. Y si Freud lo desaconsejaba era porque el analista debe dejarse llevar por lo que escucha, flotando libremente por los sargazos de las ocurrencias de quien consulta; ponerse a escribir mientras el paciente habla no permite esa deriva y hasta resulta una falta de respeto hacia quien nos está confiando sus intimidades. Freud esperaba el fin de la consulta diaria para recién ahí consignar a vuelapluma sucedidos de sesión. Así lo hice yo también durante años, en la mesita ratona junto al sillón tengo una pila de anotadores Congreso que son mi compañía, mi casi única compañía, pero esta vez tomo nota de mis propias ocurrencias.
Porque aún no lo dije, me siento casi impedido de caminar. Hoy es miércoles, a duras penas llegué a la mesa para escribir… pero mejor comienzo desde… veamos, desde anteayer, cuando empezaron los síntomas. ¿O habrá sido ayer? ¿Qué importancia tiene? Como es habitual, me levanté temprano y luego de darme un baño me hice unos mates. Se me ocurre intercalar un informativo, un recordatorio: sí Kowes, licenciado Andrés Kowes, vives solo en un ph de Palermo, Darwin 1475, en una calle paralela a las vías del ferrocarril por la que apenas pasa alguien más que los que tenemos casa, y eso desde que te divorciaste de tu mujer, tus hijos volaron del nido y hacen su vida en el exterior. La separación fue difícil, mucho habías pensado, imaginado, planeado la vida de divorciado, pero una vez llegado el momento los ratones que frecuentemente corrían sobre el cielo raso de tu conciencia dejaron de ir de un lado a otro, se aquietaron (volveré a la primera persona, eso de hablarme a mí mismo no me convence). ¿Qué fue de los ratones? Tal vez se pasaron a lo inconsciente, no puedo descartarlo aunque tampoco volví a encontrarlos en sueños. ¿Los aplastó el superyó? Como si repentinamente uno se diera cuenta de que se cayó (de caerse, no de callarse, aunque…) la zanahoria que colgaba delante de las narices haciendo desaparecer lo que parecía el impostergable tiempo de alcanzar lo imposible (debo cuidar más la redacción, suena feo esto de poner impos dos veces seguidas). Me compré este ph, en el que además de residir instalé el consultorio (quiero decir, aquí resido fuera y dentro de las horas de consulta) y… Pero estaba refiriéndome al haberme levantado el lunes o el martes por la mañana… si me dejo llevar por las ocurrencias puede que no llegue a lo que me está pasando, el tiempo apremia. Siempre quise escribir “el tiempo apremia” y ahora me di el gusto, aunque me parece una ridiculez. ¿Apremia, aprieta, oprime el tiempo? ¿Qué clase de premio? ¿O será que a-premia porque no hay premio? Bien rara la palabreja. A ver, siempre tengo a mano, junto a mis anotadores, el diccionario etimológico. Aquí está: apremia viene del antiguo “premia” que es ni más ni menos que coacción, violencia sobre alguien. Por lo tanto, cuando se le otorga un premio a alguien, al mismo tiempo se ejerce una coerción violenta, en apariencia ese fulano recibe una distinción pero la veritatis milanesorum es que el premio lo recibe a él, lo incluye en la agenda de los premiados y lo llena de coacciones… Con razón hubo quienes, me parece que Sartre fue uno, que se negaron a recibir el Nobel de Literatura, y a Borges lo coaccionaron al revés, se la pasó esperando el Premio, disimulando su expectativa con ironías y nunca se lo dieron. Está bueno el diccionario, ¿qué más dice? “Praemium” es botín, presa, despojo infligido. Por lo tanto, apremiar vendría de “praemiare”, que es despojar, saquear.
Así estoy, apremiado, aunque no despojado del azúcar. Tomasa le ponía no sólo al mate, también lo hacía con el pastel de papas, azúcar sobre el puré que el horno convertía en una superficie acaramelada. Tomasa era sabia en eso de disponer una capa dulzona sobre lo que dentro era un combinado de carne, cebolla, ajo, morrón y papas convertidas en puré, modo exacto en su sencillo método de extender, qué digo, ensimismar sabores. Nada de disimular sino de disponer el toque dulzón en lo que por naturaleza se resistiría, si le suponemos intenciones a los ingredientes de cocina. Pero no era cuestión de disimular o contrariar sino de producir los necesarios contrastes, que cuando se imponían, se le imponían a ella, digo, no en la cocina sino en la vida, solía decir: hoy estoy que no me entiendo. No sé si entendí o no, pero me quedó el azúcar como elemento… no digo que indispensable… Es lo de ahora, mi dulce mate no fue engaño sino, sino…
Estaba en que ese día, como es habitual me levanté temprano, me pegué un baño y me preparé unos mates. Lo lamento, debo decirlo por si no se notó: tomo mate dulce, herencia de las tardes pasadas con mi abuela (ahora que lo escribo me doy cuenta de que no mencioné que Tomasa era… es mi abuela, es, porque ella habrá muerto pero yo no) jugando a las cartas, escoba de quince, y también al ajedrez cuando fui creciendo, ella me enseñó (llegué a intervenir en un torneo infantil, no me acuerdo cómo me fue) mientras mi vieja se dedicaba a “las cosas de la casa”, como yo era de la casa pero no una cosa le complicaba las cosas. La recuerdo, a Tomasa, digo, muñida del mate, un jarrito enlozado azul con pintitas, del paquete de yerba Salus sin palo, de la pava humeante (sí, claro, no era humo sino vapor de agua) colocada sobre una planchuela de varillas articuladas que se plegaban y al abrirlas formaban rombos, o cuadrados si se las estiraba más, para proteger el hule de la mesa de cocina, y de la azucarera de latón abollada en un costado. Eran momentos especiales y el mate azucarado pasó a formar parte indisoluble de la conservación del recuerdo. Y el papelón que hice la vez que fuimos al campo a visitar a un amigo de papá, yo tendría unos diez años, la criada que cebaba mate preguntó si el jovencito querría un amargo y le contesté que sí, pero con azúcar.
Decía, escribía que el lunes o el martes me preparé unos mates luego de levantarme… si lo escribo de este modo y listo paso por alto o por el costado de una práctica a la que me acostumbré, si estuviera en análisis llevaría el tema a las sesiones porque ha de estar lleno de significaciones, algunas son evidentes, otras, vaya uno a saber con qué vericuetos de lo inconsciente están vinculadas. Cada cual tiene lo suyo respecto del mate, lo mío es de este modo: dije que tomo mate dulce, aunque no en cualquier circunstancia, es dulce el del inicio, el de la apertura del día. La mayoría, al levantarse come algo dulce, dulce sobre las tostadas, facturas azucaradas o lo que sea, yo no, apenas un par de tostadas con algo de manteca light, el dulce queda a cargo del mate, creo que nadie advierte –porque no tuvieron a Tomasa de abuela- lo bueno de ese toque mezclado a la yerba. Procedo de este modo: temprano me levanto, voy a la cocina y preparo el mate dulce, sin el cual no sería capaz de despabilarme, y tomo una primera pava mientras voy al baño a ducharme; es un inigualable placer el sabor de ese mate bajo la lluvia, la conjunción del calor vaporoso que me baña por fuera y la dulce calidez que me impregna por dentro. Una vez que estoy listo para emprender el día paso a la siguiente fase (la soledad me volvió metódico); preparo una nueva ronda matera pasando a la calabaza, porque ahora es amargo, y leo el diario.
Pero la mañana de hace uno o dos días fue distinta; para comenzar, algo que parece irrelevante pero llamó mi atención: la cocina está separada de la sala por la mesada que es el lugar para las comidas; como está muy a la vista de los pacientes que pasan por la sala, cada cosa tiene en la cocina su lugar asignado en un orden que permite… un lugar para cada cosa y cada cosa en su lugar, parezco mi mamá. Y resultó que la azucarera no estaba en su sitio, a un costado de las tazas y delante del exprimidor, sino en otro lado. Tomaba el mate de la segunda ronda mientras me dedicaba a leer el diario… y no llegué a terminar la sección internacionales, tuve que salir corriendo al baño. Hacía mucho… no recuerdo una diarrea como ésa, de inmediato aparecieron retortijones y náuseas. Por suerte tenía Sertal. El cuadro aflojó un poco, pude arreglármelas para recibir un paciente que habrá pensado en lo reconcentrado que estaba, afectado por sus padeceres, y algo de eso hubo. Se trataba de Roberto, se llama Rigoberto pero evita ese nombre y guay que alguien se dirija a él como Rigoberto porque estalla. Una vez más se explayó con sus rituales: interminables, arrevesadas reiteraciones de afanosa pulcritud, porque mientras Roberto se obsesiona por limpiar, ordenar, clausurar, aquietar en busca del resultado seguro, la seguridad, el diablo –es decir, Rigoberto, réplica nefasta del Supremo- mete la cola, ensucia, desordena, libera caóticamente y Roberto debe reiniciar una y otra vez el poner llave a la puerta de calle, el cepillado de sus dientes, encías y lengua, o la resolución del dilema de si al levantarse de la cama ponerse primero la media en el pie izquierdo o en el derecho, siempre y cuando pudiera saber qué media es izquierda o derecha. Alguna vez me dijo que si tuviese que ir desde el diván hacia las máscaras colgadas de la pared saldría por la puerta del consultorio, bajaría la escalera caracol que lleva a la sala, saldría a la calle, compraría una escalera en la ferretería de la otra cuadra, volvería, la apoyaría sobre la pared exterior para entonces subir, entrar al consultorio por la ventana y por fin dirigirse a las máscaras… acoté maliciosamente que la ventana está enrejada y sin inmutarse, un exaltado Rigoberto, copando la parada de Roberto exclamó: “bueno, si vamos a entrar en detalles”. No le falta humor. Le dije que esa precaución vueltera no carece de razón, ya que para las tribus africanas de donde provienen, esas máscaras son sagradas, hay que dirigirse a ellas mediante un ceremonial, el contacto directo es tabú. “¿Se da cuenta, lic? –dijo-. En el fondo soy religioso”. “En el fondo es Rigoberto, pero en la forma sí, Roberto”. Después pasó a sus problemas de dicción porque, dijo uno de ellos o tal vez ambos al unísono impúdicamente, se come las eses. Roberto traga las eses –heces- y el gemelo contrariado las escupe, me hizo gracia, me aflojé y mi esfínter estuvo a punto de hacer lo mismo… Entonces fue el martes, Roberto viene, en revuelta contra Rigoberto y por eso siempre presente, los martes.
Tenía libre la hora siguiente y fui al CEMEPA -Centro Médico Palermo- de aquí a la vuelta por Cabrera. Esperé un largo rato en la sala de la guardia, como no había movimiento exterior pero mi interior bullía golpeé la puerta por donde media hora antes había entrado un médico. Abrió una enfermera, al fondo de la habitación un par de médicos miraban un partido del Barcelona por televisión. Dije de mi urgencia, salió uno que durante unos minutos escuchó mi padecer y diagnosticó gastroenteritis causada –dijo- por haber comido algo en mal estado o tal vez por un virus y si no, agregó con sorna, no. Me indicó una dieta de arroz hervido, me recetó Sertal, me saludó al apuro y volvió al partido. El resto del día lo pasé pasable, me quedó la molestia estomacal, cierta debilidad, un atisbo nauseoso pero no mucho más que eso. Al día siguiente, es decir, hoy, repetí la rutina de mate dulce, ducha, mate amargo y diario pero esta vez miré los chistes, sobrevolé las noticias deportivas y promediando política nacional se repitieron los mismos síntomas. Por suerte, esta mañana no atendía pacientes, volví al Centro Médico. La muchacha de recepción era una gordita simpática, sentada tras el mostrador dejaba ver, a quien estuviera de pie como yo, el incitante comienzo de las tetas gracias al entreabierto uniforme. Freud tenía razón, la libido es inmune a cualquier cagadera. Me reconoció y debido a mi aspecto desgraciado me preguntó, retóricamente, si seguía sintiéndome mal, respondí que volvía porque mi consulta anterior no había resultado, los dolores de estómago y otros síntomas… (no era el caso explayarme con ella) habían continuado… con mayor intensidad (siempre conviene un toque dramático). Con evidente preocupación la gordita me hizo una seña para que esperara, llamó por un interno, habló brevemente con alguien y luego me dijo: “Acabo de comunicarme con la secretaria del doctor Uriburu, Director del Centro, lo recibirá en el segundo piso, suba, la secretaria está esperándolo”. Lo hice y me senté a esperar frente al consultorio en el que, a diferencia de los otros que sólo tenían número, una placa informaba: “Doctor Eduardo J. Uriburu. DIRECTOR”. Agradecí a mi mal aspecto que me hiciera llegar al profesional más relevante. Poco después se abrió la puerta, salió alguien que se despidió ceremoniosamente, luego ingresó la secretaria, la escuché hablar en contrapunto con la voz impostada del Director, al momento se retiró y con amabilidad de azafata me solicitó que pase. “Señor Andrés Kowes, soy el doctor Eduardo Jota Uriburu” dijo innecesariamente el doctor Eduardo Jota Uriburu; me saludó extendiendo la mano mientras la otra acariciaba maquinalmente la campana del estetoscopio que colgaba del bolsillo de su guardapolvos; no me costó percibir que tenía todo el aspecto de ser el Director: guardapolvos impecable, pantalón gris con botamangas, zapatos lustrosos como su pelo, corbata azul con motivos búlgaros, camisa celeste… en fin, el Director de CEMEPA. Recordé algo de García Lorca: no se puede recitar un madrigal a una rosa con una rosa viva en la mano, sobran la rosa o el madrigal, pero una cosa son las rosas y los madrigales y otra el afán ceremonioso de lo médico en ciertos niveles, por algo suele decirse que es un sacerdocio. Me hizo sentar y sin atisbos de estar recibiéndome por una urgencia me pidió que le contara qué me pasaba y cómo había sido la consulta que había llevado a cabo el día anterior en el Centro. Comencé a relatar sin mucha precisión lo de la diarrea, las náuseas y el dolor de estómago hasta que me interrumpió, quería saber si en la visita anterior el médico de guardia me había revisado o se había contentado con el relato de mis síntomas, respondí que esto último y que me había diagnosticado una gastroenteritis tal vez producida por haber comido algo en mal estado o por una virosis. Frunció adustamente el ceño mientras pasaba maquinalmente los dedos por la campana del estetoscopio, por el bien del otro médico no dije lo de “y si no, no”. Me hizo desvestir y tenderme sobre la camilla, me palpó, me auscultó, ¡me hizo decir 33!, examinó mis pupilas, mis conjuntivas, mi fondo de ojo, el estado de mi lengua, tomó mis reflejos, mi tensión arterial, mi temperatura. Luego de esperar que me pusiera la ropa me indicó nuevamente la silla al otro lado de su escritorio. Descartó de plano la alternativa de una virosis y, lacónico, opinó que tanto el diagnóstico de gastroenteritis como lo de haberme alimentado con algo en mal estado era una vaguedad indigna de ser proferida en el CEMEPA. “No digo que no sea cierto, digo que es una certeza tan incierta que nada dice, salvo invocar un sentido común para el que no se requiere ser médico” dijo el doctor Eduardo Jota. Una insinuada sonrisa y el rítmico tamborilear sobre la campana del estetoscopio fueron la evidencia de que la frase le gustaba, ignoro si la tenía ensayada. Luego agregó: “llego al diagnóstico que habré de comunicarle luego de un detenido examen semiológico, valga a modo de disculpa por el modo en que no fue examinado ayer, a veces la premura en las guardias médicas lleva a que se proceda atropelladamente. Los datos que he recogido están al servicio de lo que impropiamente llamamos ojo clínico, impropiamente porque no se trata sólo de buen ojo, también de tacto en la palpación, olfato en la percepción de efluvios, oído en la auscultación o en la escucha del relato de los signos y síntomas, señor Andrés. En síntesis: ciencia y experiencia”. Si bien habría que esperar una confirmación diagnóstica, la daría el resultado del coprocultivo, dijo que podía asegurarme que lo mío era un síndrome causado por la bacteria Escherichia Coli, y no le asombraría que yo hubiese encontrado sangre en las deposiciones; contesté que había visto un tinte rojo, entonces concluyó que se trataría de una Escherichia Coli Enterohemorrágica. La melena, explicó que así se llama la sangre en materia fecal cuando aún no ha coagulado, junto con la diarrea, los dolores intestinales, las náuseas, la palidez y la fiebre que había constatado, orientaban en ese sentido. Compasivo, agregó que si procedía como me indicaría no debía preocuparme demasiado, esa bacteria habita en nuestro intestino delgado, como en el de todos los mamíferos, colaborando en la absorción de nutrientes, pero algunas cepas pueden ser tóxicas si ingresan al organismo por vía de alimentos, líquidos o sólidos, que han estado en contacto con materia fecal de animales. Le pregunté si lo tóxico de esas cepas sería como un veneno para el organismo y respondió que para la ciencia médica los conceptos de tóxico y de veneno son equivalentes. A modo de viñeta cultural –no le faltaba aire docente, me pregunté en qué cátedra estaría- agregó que la bacteria había sido descubierta y estudiada en el mil ochocientos y tantos por el doctor Escherich y consecuentemente fue bautizada con su nombre, como suele acontecer en el ámbito académico. Se me ocurrió acotar que don Escherich había sido honrado por una investigación que le salió para la mierda, me gustó el chiste pero él frunció adustamente el ceño mientras masturbaba la campana del estetoscopio. Luego siguió un interrogatorio: ¿habría ingerido carne contaminada? Contesté que sí lo de haber comido carne (casi digo “afirmativo, doctor”) pero no podía saber de su posible contaminación, unos días antes había cenado en el bodegón… (no me animé a decirle que se llama “La albóndiga embrujada”, les habría mandado la inspección bromatológica y los muchachos son casi amigos). Comentó que la manipulación de la carne con las manos sucias o, por ejemplo, si se posan moscas que antes estuvieran sobre detritos fecales, frecuentes en la calle, en las plazas, puede producir la infección en caso de que luego no se tengan otros resguardos, como cocinar la carne no me acuerdo a cuantos grados de temperatura durante cuanto tiempo. Dije ignorar el estado de las manos del cocinero del bodegón y menos podía arriesgar opinión acerca de las moscas, pero era una posibilidad, todo esto una vez que descartamos que hubiera comido pescado crudo (el sushi no es lo mío), frutas o verduras sin lavar, productos lácteos, queso crema o mayonesa no bien refrigerados, bebido agua contaminada y algunos etcéteras que no recuerdo. Escribió un par de órdenes en su recetario con esa letra que no se supone alguien pueda descifrar y me pidió que pase por el laboratorio para que me instruyan sobre el modo de recolectar la materia fecal para el cultivo, también me harían un hemograma, y me indicó que vuelva en días más con el resultado. Entretanto debía permanecer en reposo, mantenerme a dieta principalmente en base a pollo y arroz hervidos, tomar mucho líquido, restaurar el equilibrio del medio interno consumiendo alimentos salados, bananas por el potasio. Sin olvidar el Sertal.
Volví directamente a casa sin pasar por el laboratorio, sentía hormigueo en las piernas. Primero fue hormigueo, después las sentí pesadas y comenzaron a dolerme, los muslos se resistieron progresivamente a mis intentos de alcanzar movilidad. Redacté un mensaje de texto para mis pacientes, que mandé por celular a los que tenía agendados, manifestando que por problemas de salud suspendería la consulta y ni bien mejorara les avisaría para retomar las sesiones. Durante la tarde, los que no se habían enterado tocaron el timbre reiteradamente pero me quedé en el sillón, no estaba para mostrarme en estas condiciones. Sonó el celular más de una vez, pero no tuve ánimo para dar explicaciones. El tiempo transcurrió mientras miraba el decrecer de la luz del día a través del ventanal hasta que se hizo la noche. Si no fuera que no lo he decidido, permanecer de este modo no sería ingrato, pero lo que de comienzo fue una sospecha se convirtió en la certidumbre de que algo pasa, algo no natural quiero decir. No obstante, a la noche me sentí menos mal, logré bajar la escalera e ir hasta la cocina a prepararme arroz, después me tiré en la cama y entré en un sopor que dio paso a sueños angustiosos, no los recuerdo pero me despertaban bañado en sudor. Escribí que no los recuerdo y al momento recordé uno: mi amigo Pepe había venido a cenar, estábamos en el bodegón pero era mi casa. Hace tiempo no nos vemos, la vida nos fue distanciando… qué gran eufemismo es mentar la vida como hago ahora, como si supiera en qué consiste, el sueño tiene la destreza de trenzar caminos divergentes. Ahí estaba Pepe, ahí estaba yo, que había cocinado pescado como si tal cosa. Tomamos un vino, prueba el pescado y dice que está muy sabroso, a mí me extraña porque él sabe de pescados y yo no, pero me era evidente que tenía feo gusto. Se lo digo, Pepe insiste que está muy bueno, entonces le digo: mirá Pepe, mirá Pepe… Me desperté y siguió resonando lo de Pepe, Pepe, pe… pe. ¡Eso! Compré pescado podrido.
Amanecí con las piernas muy pesadas, doloridas, fui a prepararme el mate y se me ocurrió que debía examinar la azucarera; volqué parte del contenido sobre la mesada y entre los cristales de azúcar encontré un polvo blanquecino, lo probé, no tenía gusto pero sí un ligero olor a almendra, me di cuenta que era cualquier cosa menos azúcar. No, cualquier cosa no. Y vamos, lo escribo de un saque: esta intolerancia a la luz que hiere mis ojos, un difuso dolor de cabeza y todo lo demás es por la acción funesta de un veneno. Todo es tan raro… pero no estoy impedido de pensar. El otro día la azucarera no estuvo en su lugar, sólo pudo suceder una cosa. Estas anotaciones dejan de ser para mí mismo, ahora sumo a quien las lea. El hormigueo de las piernas llegó a mis brazos, están comenzando a pesarme. La cosa es así, lector, espero sepas encontrar la causa, el causante: al terminar las sesiones despido a mis pacientes en el consultorio del entrepiso, bajan la escalera caracol, pasan por la sala y al llegar a la puerta de calle tienen un botón en la pared para desactivar el electroimán de la cerradura y salen, después la puerta vuelve a cerrarse herméticamente. Saben que tomo mate, más de una vez dejé el equipo, incluida la azucarera, sobre la mesada. Uno pudo entrar al sector de la cocina sin que yo lo advierta, buscar la azucarera, ponerle veneno, dejarla en un lugar que no es el que le asigno y después irse. No hay otra posibilidad. Si he tenido alguna visita estuve con ella, sin ocasión para que suceda lo que antes dije; en mi casa, desde la separación y la ida de mis hijos dejé de ser abierto, no pude. ¿Quién fue? No lo sé. Alguien con el mate lleno de infelices ilusiones puso veneno para el mío. Todos quisimos en algún momento matar al padre y como decía Respigy, en el análisis el analista ocupa esa posición. Está en Sófocles, lo descifró Freud, lo reiteran solapadamente los pacientes. Y un loco, un furibundo Edipo alguna vez lo concreta.
Tristezas de psicoanalista, título para un blues pero la música acaba. Los pacientes seguirán con sus cuitas, con sus más y sus menos en caso que sepan en qué consisten pero no yo, que dejo de seguir. Uno cargará peso nuevo, el que aviesamente mezcló veneno con el azúcar de mi abuela Tomasa. En él perduro, en el final, a su través, en este momento. Me pesa cuerpo no puedo sostener el bolígrafo ni sostenerme me pesa no puedo